Tuesday, April 7, 2020

Undedog by Alexey Osadchuk - Spanish translation


Aleksey Osadchuk
Underdog I
Las Mazmorras de las Montañas Torcidas


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Release - 21 de agosto de 2020


Capítulo 1


—Maestro Aren, es un niño…
La cabeza de una de las grandes cuadrillas mineras en Orhus, el maestro Aren, examinó con perplejidad la mirada triste de la curandera que se ocupó del parto. ¿Por qué demonios le comunicaban el nacimiento de su hijo con una expresión tan amarga como esa? Sin embargo, tras unos segundos, empezó a entender. El niño había nacido, pero no se oía ningún llanto.
—¿Está muerto?
Estas palabras no eran fáciles de pronunciar para un hombre que había visto de todo en su vida.
—Está vivo —respondió con tristeza la curandera y, casi en un susurro, añadió—: Pero mejor si se hubiera muerto…
Aren entornó los ojos y dio un paso hacia delante. Si pudiera quemar a la curandera con la mirada, no quedarían ni cenizas. Dalia soportó con calma la mirada furiosa del minero.
—Pero hay buenas noticias. Tu mujer dio a luz de manera magnífica.
Estas palabras apagaron el fuego de ira latente en el alma del nuevo padre. Le costaba controlarse y seguir preguntando. Esta mujer era la única curandera que había en toda la zona con un nivel tan alto. Es más, él tenía mucha suerte de que todavía estuviera en Orhus. Se suponía que debía haberse marchado hace tiempo a la capital. Debido a la temporada de lluvias, que había comenzado una semana antes de lo previsto, el Paso Somnoliento estaría cerrado durante dos meses. Solo a un loco se le ocurriría ir a explorar por las montañas durante esta época. Por suerte para Aren y su mujer, Dalia estaba bien de la cabeza.
—Habla —gruñó cortante el maestro.
En ese momento solo quería estar con Liana y su hijo, pero el asunto era lo primero.
—Es nulo —emitió la curandera en seco.
El rostro de Aren se quedó en blanco. Su inmovilidad podría darle envidia incluso al Acantilado Negro, el primero en encontrarse con las tormentas norteñas del Océano Muerto. Pero por dentro el hombre sentía cómo presionaban unas garras frías su corazón. ¡Pobre niño! Pero ¿cómo?
Mientras tanto, la curandera continuó:
—Al principio pensé que el bebé había nacido muerto, pero eché un vistazo a sus fuentes de vida y energía, y tan solo hay diez puntos de cada… Cuando el mínimo de lo normal es de veinte por fuente.
—¡¿Cómo es posible?!
—No lo sé. —Dalia se encogió de hombros, desconcertada—. Nunca me había encontrado con algo así, ni tampoco he oído algo parecido. Debe de ser algún truco de Bug.
—¿Blasfemando, anciana? —La serenidad de Aren se volvió a quebrar —. ¿Qué tiene que ver el espíritu maligno con esto? ¿O acaso no crees que todo en este mundo sucede por la voluntad del Gran Sistema?
Después de estas palabras, el rostro de la curandera se arrugó como si se hubiera comido un trozo de limón.
—Justo en eso creo yo…
—Entonces, ¿a qué viene lo del espíritu malvado?
—Vale. —Rendida bajo la presión de Aren, la curandera empezó a decir con cansancio—: Pero primero júrame que no me llevarás al templo más cercano del Gran Sistema donde me matarán por hereje.
—Te doy mi palabra —juró el maestro con el ceño fruncido.
La curandera, tras recibir la notificación sistemática de que el juramento había sido aceptado, comenzó a hablar:
—Como ya sabrás, cuando nacemos, el Gran sistema nos regala el primer nivel, nos llena nuestras fuentes y nos obsequia con las primeras tablas de características. Y su cantidad depende del dios Random. La mayoría obtienen diez o doce, y el máximo que he escuchado es de quince tablas.
Aren asintió en silencio. Su primogénito, Ivar, recibió catorce al nacer. Una sombra se arrastró lentamente en la cara del maestro.  Solo han pasado dos años desde que él y Diana recibieron la noticia de la muerte de Ivar en la batalla en los Páramos. Esperaba que el nacimiento de su segundo hijo hiciera desvanecer esa oscuridad que se había asentado en su casa tras su pérdida. Pero, al parecer, no era el destino.
—Pero algunos también recibieron menos de diez tablas. Sí, lo pasaron muy mal cuando eran niños. Eran los más débiles entre los jóvenes…Pero luego, con el tiempo, muchos alcanzaron buenos resultados.
—Sí —coincidió Aren—. También tenemos gente así en la cuadrilla.
La cara del hombre se iluminó un poco. ¡¿Cómo pudo olvidarse de eso?! ¿Significaba entonces que su hijo tendría una vida normal en un futuro? Y aquí se juró a sí mismo: ¡por supuesto que sí! ¡Aren se encargaría de ello!
Al detectar el estado de ánimo del maestro, la curandera se apresuró en bajarle los pies a la tierra:
—Sé en qué estarás pensando, Aren. Crees que tu hijo está en la misma situación. Pero te equivocas. El niño es “nulo”. No ha recibido su primer nivel y sus debidas tablas. Y sus fuentes son miserablemente pequeñas. Me da a mí que Random no tiene nada que ver aquí. Todo esto es por Bug…
Era doloroso mirar a Aren. Justo en el momento en que la esperanza le guiñaba un ojo, acabó pisoteada en el barro.
Mientras, Dalia prosiguió:
—Como ya sabrás, Bug tiene muchos nombres: Fallo, Malfunción, Virus… Pero también existe otro más. Mi maestro leyó sobre esto en un manuscrito de los Antiguos. Ellos lo llamaban Sistema Erróneo. ¿Lo entiendes? ¡Erróneo! Eso quiere decir que el Gran Sistema no es perfecto y también puede equivocarse. Dentro del libro había más cosas, pero no tengo ningún deseo de hablar de eso. Y tampoco son para tus oídos…
Aren se hundió en el banco con cansancio.
—Nivel cero —susurró—. Si eso es…
—Sí. —Asintió tristemente la curandera—. Él no se desarrollará. No podrá utilizar las tablas. Incluso si le das tus esencias de experiencia, tampoco funcionará. Casi todo lo que ha creado el Gran Sistema tiene una limitación: el mínimo es el nivel uno.
—Pero entonces, ¿qué podemos hacer? —preguntó Aren, condenado.
Dalia se sentó en el banco junto al maestro. En su rostro arrugado se endureció una expresión de profunda reflexión.
«¿Cuántos años tendrá?», se preguntó él de repente. Todo el mundo sabía que los curanderos tenían largas vidas. También decían que habían descubierto el secreto de la juventud eterna. El hombre se rio para sí mismo… Tonterías, claro… Pero Bug actuaba de formas misteriosas…Y si Dalia aparentaba tener setenta años, entonces ese número podía multiplicarse por dos, incluso por tres.
—¡Ja! —exclamó fuerte e inesperadamente la mujer. Sus oscuros ojos azules brillaban de alegría—. ¡Ya lo tengo!
Se volvió hacia el maestro, frotando sus palmas tan secas como dos ramas.
—Qué extraño que no se me haya ocurrido esto antes. Ya estoy vieja…Y lo mismo te digo a ti.
Aren miró a la mujer sin entender.
—Vale. —Agitó ella la mano—. Te lo explico, que veo que no estás para pensar. Por ahora, la única solución son los artefactos de los Antiguos.
—Quieres decir que…
—Exacto… Estos son los únicos ítems que no poseen limitaciones. De hecho, no tienen ningún requisito en absoluto. Sin embargo, tienes que entender que son poco comunes y caros. Pero para tu hijo le bastará con dos o tres ítems con características básicas añadidas…
La anciana siguió hablando, pero Aren apenas la escuchaba. Ya estaba calculando dónde y cómo iba a comprar los artefactos de los Antiguos, sin importar el dinero. La vida de su hijo era lo más valioso que había para él…

  Catorce años después…

—¡Sí que pesas, maldito! —El gordo movedor de mudanza cargaba un gran sillón hacia la puerta de entrada, pedorreando y maldiciendo entre dientes.
El “trono” de mi bisabuelo. A mi padre le gustaba sentarse en él después de cenar, con las piernas estiradas hacia la chimenea y fumando una pipa. Eso le ponía siempre de buen humor, y me contaba muchas historias, cuentos y leyendas desde ahí sentado…
—¡Sí, todos los muebles de aquí pesan una tonelada! —apoyó las palabras de otro una voz irritada desde el comedor.
—Sillón de roble antiguo, uno —informó con una voz tranquila el funcionario del banco, sin prestar atención a las quejas y gases de los movedores. Sus dedos largos y secos aleteaban una pluma blanca de pato, tomando nota con cuidado de cada artículo sacado de la casa. Ya había tres papeles totalmente anotados con una caligrafía fina.
Un hombre nervudo con barba salió de la cocina. Llevaba una sopera rota en sus manos temblorosas. La mirada turbia de ojos rojos se paró en frente de la figura delgada del funcionario.
—¿Nos llevamos también esta basura?
La sopera favorita de mi madre. Siempre cuando ella la dejaba en la mesa, escuchábamos una y otra vez la misma muletilla: «¿Y qué pasa si está agrietada? Así la sopa no se enfría». Luego ella corría hacia la cocina a por un nuevo plato y mi padre me explicaba susurrando que a las mujeres en realidad les costaba separarse de las cosas. Mientras, él acariciaba con una sonrisa su chaleco viejo que mi madre amenazaba constantemente con tirarlo.
El funcionario apartó su mirada de la lista de registro y miró al barbudo. Había un claro desprecio en sus ojos pequeños.
—Tox —carraspeó él—, ¿qué parte de la frase “sacarlo todo de la casa y cargarlo en el carro” no has entendido?
—Bueno, es solo que…—intentó responder Tox, pero un gigante entrando a la casa le interrumpió groseramente.
—¡Tox, cállate la boca y haz lo que te ordenen! ¡Mueve el culo!
El barbudo Tox, encogido de hombros, intentó escabullirse a la salida.
—¿A dónde te crees que vas? —gruñó el gigante.
Tox miró con la mirada en blanco a su jefe que estaba parado en el pasillo con los brazos cruzados y con la enorme panza echada hacia delante.
—¿Te ibas a llevar solamente una sopera? ¡Venga, directo a la cocina y a cargar con más cosas como es debido!
Tox se esfumó como el viento.
—Señor Dregger, debería escoger al personal con más cuidado —señaló el funcionario con acidez.
—A ti no te he preguntado, comadreja archivadora. —Agitó la mano el gordo Dregger y se dirigió al dormitorio de mis padres, tirando descuidadamente las notas del funcionario.
Los folios blancos salieron volando como una manada de palomas asustadas y se deslizaron por el suelo. “La comadreja archivadora” dio entonces un fuerte grito femenino y se arrojó a recoger toda su riqueza. Su cuerpo temblaba de indignación, y de su larga nariz con forma de pico salía un moco verde.
Agitado y arrastrándose por el suelo, el funcionario maldijo a los movedores idiotas y al canalla de su jefe. Un relincho de risas retumbó de algunas gargantas de hojalata desde el comedor, burlándose de la humillante escena del chupatintas. La cara del funcionario se puso roja al instante, pero de sus pequeños ojos salían lágrimas de resentimiento.
Por fin, sus dedos secos terminaron de ordenar los papeles. El funcionario, con un tintero colgado de un cordón que rodeaba el cuello, se levantó del suelo. Tras sacudir el polvo de su pantalón con la mano derecha y ajustar un par de veces el muy gastado pero cuidado chaqué, se tranquilizó.
Justo en ese momento se encontraron nuestras miradas.
Yo estaba sentado en un taburete de la cocina en la esquina del pasillo esperando a mi destino. Me había enterado ayer de que el banco se llevaría nuestra casa para pagar la deuda de mis padres. De hecho, fue el día después del fallecimiento de mis padres en una mina cercana.
—¿Qué estas mirando, inacabado? —siseó el funcionario.
Pues sí que se parecía a una comadreja, sonreí para mí mismo.
—¿Te parece gracioso? —Había una mezcla de auténtica incredulidad e ira en los ojos de la comadreja—. ¡Si todo lo que está sucediendo ahora mismo es por tu culpa!
No entendí… ¿De qué estaba hablando?
—¡Ja, ja! Veo que no lo pillas.
Dregger apareció en la puerta del dormitorio de mis padres, cargando en brazos el jarrón de mi madre. Con el ceño fruncido, me miró primero a mí y después al funcionario.
—¡Cierra el pico, rata de oficina! —gruñó—. ¡Si no dejas en paz al niño, volverás a casa sin dientes!
    Luego me guiñó reconfortantemente y salió de la casa.
A juzgar por sus labios retorcidos de la rabia, la “comadreja” quiso decir algo, pero una exclamación de arriba irrumpió la no empezada bronca.
—No lo hagas, Sakis. Mejor cállate.
Levantamos la cabeza. Había un hombre parado en las escaleras que llevaban a la segunda planta. Su cabeza, calva como un huevo, estaba inclinada sobre unas notas. Sus labios grandes se movían al compás de las letras escritas. El tintero no estaba colgado, sino más bien pegado a la tripa.
—Pero, Velen, ¿es que no lo ves? ¡Es una falta de respeto hacia un empleado del banco! —aulló Sakis.
—No lo hagas —repitió el funcionario gordo y continuó su camino por las escaleras, apuntando algo al mismo tiempo. Luego, apartándose del papeleo, añadió—: Y deja en paz al chaval. No es de nuestra incumbencia.
—¿Cómo que no? —se sorprendió Sakis—. Pensaba que el banco…
—No —le interrumpió Velen—. El resto de la deuda lo ha comprado Bardan.
La cara estrecha de la “comadreja” se estiró tanto que me pareció que su cabeza se había vuelto plana.
—¡¿Ese mismo?!
—Si —contestó Velen indiferente, sumergiéndose de nuevo en su papeleo.
Sakis giró lentamente su cabeza a mi dirección. Una momentánea lástima apareció en sus ojos.
—Vaya…—soltó—. No te envidio para nada, inacabado.
Disfrutando de mi confusión e inquietud reflejadas en mi cara, levantó la cabeza con orgullo y se dirigió gradualmente hacia la salida.  
No pude evitar escuchar a dos movedores conversando en voz baja en el comedor.
—Oye, Tox, ¿por qué la rata de banco no para de llamar al niño “inacabado”? —No pude ver al que estaba hablando, pero sí que reconocí su voz. Era Roy, un tipo regordete y grande de pelo rubio y con un cuerpo parecido a un barril de cervezas.
—Pues porque lo es. Ya nació siendo un lisiado —contestó Tox, despreocupado.
—Hmm…—se sorprendió Roy—. Pues ni lo parece. Aunque sí que es flacucho y tiene bolsas bajo los ojos. ¿Puede que haya estado enfermo últimamente? Bueno, perdió a sus padres hace unos días, así que normal que esté así de pálido como un muerto.
—¡Qué va! —replicó Tox—. Tiene ese aspecto desde que nació. Qué lástima… Aren, que en paz descanse, no tuvo mucha suerte con los hijos…
En algún momento la conversación en el comedor cesó. Cada uno pensaba en lo suyo.
El primero en romper el silencio fue Roy.
—Cuéntalo… Que tenemos trabajo para medio día y charlando el tiempo se pasa volando…
—Tampoco hay mucho que contar —respondió con esfuerzo Tox, al parecer había movido algo pesado—. Como puedes ver, era una familia próspera. Una casa de dos plantas. Una gran granja. Caballos, vacas, cerdos…
—Ya, eso sí…—Noté una pizca de envidia en la voz de Roy.
—Los Bergman son una familia de mineros —prosiguió Tox—. Su padre tenía la cuadrilla más fuerte. Y toda esa cuadrilla ha muerto en la mina.
—Caray…
—La esposa de Bergman y más mujeres trajeron la cena para sus maridos a la mina… En fin, todos juntos ahí y…
A juzgar por su tono de voz, Tox estaba realmente angustiado por la muerte de mis padres y sus amigos.
—¿Y qué les pasó a los hijos? —hizo la pregunta Roy.
—No tuvo suerte con ellos. Aunque todo empezó bien, incluso fantástico diría yo. El primero, antes de nacer, recibió un buen set de características. Era el más fuerte entre los jóvenes. Con catorce años empezó a trabajar con su padre en la mina y en invierno de ese mismo año ganó también un torneo. Fue entonces cuando el Barón se lo llevó a su séquito como novato.
—¡Guau! ¡¿Qué tiene eso de mala suerte?! —exclamó Roy, desconcertado.
—Bueno, un mes después, los Bergman recibieron la noticia de que su hijo había muerto…
—Vaya…
—Sí…
Los movedores se callaron de nuevo, digiriendo lo que se había contado. Pero no por mucho tiempo. Esta vez el que habló fue Tox.
—Pasaron los años de luto y la mujer de Aren se quedó embarazada. Y habría que alegrarse, pero no exactamente… El niño nació deficiente… En realidad, mucho peor que eso… Al principio pensaron que había muerto. Ni un grito, ni un movimiento, ojos cerrados. Pero gracias a la capacitada curandera que se había ocupado del parto, esta pudo darse cuenta de que respiraba. A duras penas, pero respiraba.
—Caray…—soltó Roy.
—¡Ja! —exclamó Tox—. Todavía no has escuchado la parte más importante. Aren se gastó una barbaridad en una curandera de la capital.
—¡Qué dices!
—¡Y, además, fue ella quien vio que el bebé había nacido nulo, con el nivel cero! —exclamó Tox, triunfante.
Me pareció oír que la mandíbula de Roy cayó en un estampido al suelo. Pero luego me di cuenta de que los movedores llegaron a las herramientas de mi padre.
—¡Uno no ve esto todos los días! —escuché decir a Roy asombrado.
Sinceramente, estaba sorprendido… No había mentido en ningún momento… Había algunas excepciones, pero en general así fue cómo pasó todo… Mi padre me había contado en muchas ocasiones la historia de cuando nací.
—¡Eh, imbéciles! —El rugido de Dregger me hizo estremecer—. ¡A mover el culo, que no pago a idiotas por estar de cháchara!
El jefe gigante de los movedores apareció de repente en la entrada de la casa y fulminó con su mirada a los trabajadores que se echaron a correr hacia la salida.
—Vagos bastardos —continuó gruñendo en voz baja—. No os preocupéis, ya hablaremos cuando vengáis a por el dinero…
Siguió vigilando el patio durante un tiempo y luego se giró hacia mi dirección. Su rostro se iluminó un poco.
—Ve preparándote, chico —dijo tristemente, indicando la salida—. Han venido a por ti.
Curiosamente, me di cuenta de que llevaba toda la mañana esperando oír eso con impaciencia. Si supiera alguien en lo que estaba pensando ahora, me tomaría por un loco.
Aunque…De algún modo, estaría casi en lo cierto.
Hace dos días mi mundo, aunque no fuera el más perfecto, como podría ser el de un lisiado, dejó de existir.
Mientras observaba desde la distancia cómo saqueaban nuestro hogar, entendí que me había quedado solo en este mundo. Mi gran padre no vendría más en mi ayuda y mi compasiva y tierna madre no me secaría las lágrimas de desesperación y de resentimiento.
Sentí un nudo en la garganta. Los ojos me picaban, traicionándome. ¡No! No lloraría justo aquí, y menos para la diversión de esos saqueadores. Luego me escondería en alguna esquina y daría libertad a mis sentimientos. Pero no aquí ni ahora. Si no, traicionaría la memoria de mi padre. Él me enseñó a ser fuerte.
Observaba cómo se llevaban las cosas favoritas de mis padres, cómo destruían la historia de mi familia. Comprendí que con su muerte este sitio dejó de ser querido. En este instante todavía no sabía que a mis catorce años había entendido una de las grandes verdades: el hogar era donde vivían tus personas queridas.
Me deslicé lentamente del taburete. Esa era toda la velocidad de la que era capaz de tener con dos puntos de Habilidad, pero no me quejaba.
Di mi primer paso dos años después de mi nacimiento. En realidad, también cuando pronuncié mi primera palabra. Al fin, la suerte le sonrió a mi padre. Él pudo comprar mi primer artefacto de los Antiguos en el mercado negro en la capital de la baronía. Mi brazo por costumbre se estiró hacia el pecho.
—Botón de hueso de Varán de Piedra.
—Categoría: Normal.
—Habilidad +2.
—Fuerza +1.
—Mente +3.
—Limitación — ninguna.
—Resistencia — 25/25.
    Para alguien le parecería absurda mi alegría por unos seis tristes puntos de características… Pero para mí, que había estado en la cama durante dos largos años como un tronco insensible y mudo, el regalo de mi padre seguía y seguiría siendo el mejor de todos…
Sostenía una alforja pequeña en mis manos. Ahí dentro tenía un retrato diminuto de mis padres, dos huevos cocidos y un pedazo de pan. La comida para el viaje me la trajo la señora Horst, nuestra vecina. Siempre la consideraba malvada e insensata, pero la mujer me sorprendió al final. Fue la única que me visitó para saber sobre mi futuro destino.
Mi cinturón normal, de nivel cero como toda mi ropa, tenía un bolsillo pequeño donde guardaba una navaja no muy grande.
—Navaja “Libélula”.
—Categoría: Normal.
—Daño +2.
 —Limitación — ninguna.
—Resistencia — 55/55.
   Este era el último artefacto que adquirió mi padre. Mis padres me lo regalaron en la mañana de mi cumpleaños. Unas horas antes de su muerte…
De algún modo, mis tres tristes puntos de Fuerza eran capaces de aguantar tanto mi cuerpo como la alforja. Todo gracias al pequeño anillo deslucido.
—Anillo de acero.
—Categoría: Normal.
—Fuerza +2.
—Limitación — ninguna.
—Resistencia — 30/30.
   Alguna vez le pregunté a mi padre por qué estos ítems simples eran tan valiosos. Al parecer, por varias razones bastante importantes.
En primer lugar, los artefactos de los Antiguos no poseían limitaciones. Esto significaba que cualquiera, independientemente de su nivel y de sus características, podía poseerlos.
En segundo lugar, a pesar de mis bajas cifras, podría mejorarlas en un futuro. Todavía no sabía cómo, pero era posible.
En tercer lugar, pero eran solo rumores, después de su mejora no sólo aumentarían las ya existentes características, sino que también se añadirían algunas nuevas.
Y lo último que se sabía era que estos ítems eran gardu… gradu… gradua… graduables. Esto quería decir que mi nivel se sumaría con todas las características del ítem. Si tuviera ahora el primer nivel, todas las características de mis artefactos aumentarían a uno. Ah… Los sueños… Los sueños…
Y había más… Que eso nos lo contó Dalia. Los ítems de los Antiguos podían identificar solamente a los que tenían la Mente alta. Para la gente común estos eran objetos normales y corrientes.
Y en cuanto a la estética…Un anillo de oro muy caro en el dedo de un hijo de un minero despertaría definitivamente un interés enfermizo. Así que la apariencia desagradable y la discreción era justo lo que necesitaba. Al fin y al cabo, los ítems de los Antiguos era una mercancía poco común y cara. No llamar la atención era una de las primeras reglas que me enseñó mi padre.
Precisamente por eso, cada vez que había un nuevo artefacto en la casa, aparecía Dalia, la curandera que ayudó en el parto de mi madre y que se hizo amiga de la familia. Gracias a este pequeño truco, se desvanecieron todo tipo de preguntas. Como, por ejemplo, que por qué un niño pasó más de dos años tumbado en la cama y luego de repente comienza a caminar.
De aquí también surgió una explicación lógica de por qué la cabeza de una cuadrilla minera iba siempre al banco a por más préstamos. Los curanderos eran caros. Especialmente si se trataba de Dalia. Además, mi madre me contó una vez que nadie más, excepto la anciana curandera, supo localizar los artefactos de los Antiguos. Mi padre le pagaba una cierta cantidad por las molestias.  
Yo ya sospechaba que mis padres se gastaban mucho dinero para que su hijo pudiera vivir como un niño normal, pero el total de la deuda con los intereses acumulados era impresionante. Dando la casa, la tierra y toda nuestra granja, aún le debía al banco casi ciento de oros. Aunque al banco ya no… Sino a un tal Bardan…
Cruzando por última vez el umbral de mi casa, me dirigí al jefe de los movedores.
—Señor Dregger, ¿le importaría decirme quién es Bardan?
El gigante suspiró con dificultad y, ocultando una mirada triste, contestó:
—Bardan es un lanista, dueño de la escuela de gladiadores.

 

Capítulo 2


Dos años antes de lo sucedido.

—¡Atención!
La voz retumbante del mentor Droom resonó por toda la cueva.
El hombre duro y pelirrojo, de la cuadrilla que hacía competencia con la de mi padre, nos estaba enseñando los fundamentos del arte de la minería.
—¡Hoy todos aprenderéis a manejar un instrumento minero! —rugió con el ceño fruncido, observando nuestras caras infantiles.
Luego su mirada puntiaguda de ojos negros se paró en mí.
—Menos Eric Bergman, claro está. —Su boca, como la de un sapo, ensanchó una sonrisa sarcástica, mostrando una fila de dientes amarillos y torcidos.
Mis antiguos compañeros de clase me miraron justo en ese momento y se rieron a carcajadas. Especialmente una rubia llamada Mia, la chica más guapa de la clase. Estaba rodeada de un grupo de amigas, también monas, pero no tan bonitas. Mia parecía una reina.  
Su padre, Hrut, uno de los doce ancianos de Orhus, estaba enfrentado con el mío. Una vez casi le rompió la cara a Hrut y fue el tema de discusión en la ciudad durante un tiempo después. Todo empezó cuando al anciano fanfarrón de pronto no le gustaba el hecho de que un patético niño lisiado estuviera estudiando en la misma escuela que su hija.
La verdad es que el asunto llegó hasta acabar en un juicio. A Hrut le apoyaban los demás ancianos y con ellos, los padres de mis compañeros. Decían que mi deficiencia retrasaba el desarrollo del resto de los niños. Durante la caza, por ejemplo, con mi mera presencia debilitaba a mi equipo. No infligía daño, pero supuestamente reclamaba el boletín. Además, también era una molestia innecesaria para los mentores estar vigilando al “inacabado” para que no le matase ningún mob. Al fin y al cabo, mi fuente de vida era de diez puntos… Una mordida de una gran rata de basura.
En teoría eso se veía claramente así, pero en la práctica nadie compartía nada conmigo. Les importaba un bledo a los mentores. Si sobrevivía, bien. Si moría, habría sido mi culpa.
También había un problema con la extracción de recursos. Todos los instrumentos y recursos tenían limitaciones: todo era a partir del nivel uno. ¡Qué digo, eso era lo de menos! Me costaba incluso comerme toda la comida de mi madre. Solo los platos con el nivel cero. Lo más básico: pan, mantequilla, miel. Comida simple como carne o avena, sin nada de lujos. Era una tortura ver a otros niños comer delicias.
Al final, el juez decidió echarme del colegio. Pero tenía el permiso de ser como un libre oyente. De presenciar las clases. Como decía el dicho: «Se mira, pero no se toca». Y obviamente, de esta manera, no era una responsabilidad para los mentores.
En las manos de Droom apareció un pico pequeño. Mi padre me enseñó uno así. Pequeño, para practicar. Cinco puntos de daño.
—¡Os lo explicaré solamente una vez! —ladró el mentor—. ¡Agarráis así la empuñadura! ¡Giráis! ¡Golpeáis!
El acero golpeó el mineral, disparando docenas de pequeñas chispas. Droom, sin ningún esfuerzo, presionó la empuñadura y arrancó su primera piedra.
—¡Listo! ¿Lo habéis entendido todos?
Un coro discorde de voces infantiles le respondió afirmativamente.
—Pues, si es así, ¿quién será el primero?
Una figura alta y fuerte se separó del montón de alumnos.
Haakon, el hijo del cazador Ulvar. Su pelo era de color negro como el alquitrán. Compostura ágil. Movimientos suaves y feroces. El grupo de las chicas de Mia le miraban maravilladas.
Decían que cuando nació, Random fue muy generoso con él y le concedió catorce tablas. Exactamente como le pasó a mi hermano mayor Ivar… Al que nunca conocí.
Gracias al generoso regalo del Gran Sistema, Haakon se desarrollaba más rápido que sus compañeros. La semana pasada se fue con su padre y su hermano mayor de caza con un nivel dos. Y volvió con un cinco. Los chavales de mi clase anterior le idolatraban por su fuerza y agilidad.
—Maestro Droom, ¡¿y si me dais algo mejor?! —alzó la voz Haakon, desafiante.
El pecho hinchado. Las manos en las caderas. Un poser…
Droom exclamó alegremente.
—¿Y por qué no?
Y extendió un enorme pico “adulto”.
—¡Guau! —se maravilló Tomás, un niño más grande. También era hijo de un minero, igual que yo—. ¡Nivel cinco! ¡Como el de mi padre! ¡Seguro que pesa un montón!
Si Haakon estaba un poco preocupado, nadie lo notó. En ese rostro atractivo estaba la misma sonrisa segura.
Llegando casi a cara a cara con el mentor, el hijo del cazador extendió la mano derecha hacia el instrumento. Droom extendió fácilmente el pico pesado, como si se tratara de una pluma.
—Mejor con las dos manos —le dijo sonriendo.
A pesar de su apariencia de seguridad y confianza, Haakon tomó la precaución, por lo que el mentor le recompensó con un asentimiento de aprobación.
Todo este tiempo nosotros estábamos en silencio, aguantando la respiración y estando pendientes de los movimientos de Haakon. Él agarró la empuñadura con sus dos manos. Asintió al mentor. Este soltó el instrumento. Pude ver cómo se le hinchaban las venas de la frente a Haakon. Le temblaban las manos de la sobretensión, pero aún mantenía el mango del pico.
Un fuerte golpe y la punta de acero cortó el mineral. No con la misma sencillez como lo hacía Droom, pero daba lo mismo…
Haakon dejó caer su cuerpo sobre la empuñadura y con un enorme esfuerzo, para las miradas de asombro de sus compañeros de clase, sacó un pedazo de piedra bastante grande.
—¡Bien hecho! —vociferó el mentor, dándole una palmada en el hombro.
Una sonrisa de satisfacción apareció en la cara de Haakon. Sus ojos recorrieron sobre unas notificaciones sistemáticas que solamente él podía ver.
—¿Cuánto has conseguido?
—¿Qué?
—¿Qué es?
Cayó una lluvia de preguntas.
Haakon levantó la mano, exigente.
—¡Silencio! —gritó Skeggi, su mejor amigo—. ¡Léelo, hermano!
Haakon se concentró en el texto visible para él y comenzó a leerlo a su ritmo. ¿Fui el único en darme cuenta de que leía muy lento? En Mente tendría incluso menos que yo.
—¡Atención, ha adquirido dos kilos de mineral! ¡Enhorabuena! Ha recibido…
Haakon nos recorrió con una mirada de astucia y continuó:
—¡Tabla de arcilla de fuerza!
Todos gritaron de alegría.
—¡Tabla de arcilla de agilidad!
—¡Sí! —exclamaron todos al coro.
—¡Tabla de arcilla de persistencia! ¡Tabla de arcilla de profesión “Minero”! ¡Tabla de arcilla de capacidad de carga! ¡Esencias de experiencia — cinco!
Mientras Haakon dictaba la lista de su loot, sin querer me imaginé a mí mismo estando en su lugar. ¿Cómo se sentía ser fuerte y ágil? ¿Conseguir todo lo que deseabas? ¿Recibir las miradas de asombro de las chicas más guapas?
Tardé un segundo en darme cuenta de que Haakon había terminado de alardear de sus trofeos y que todos me estaban mirando ahora. Observé a mi alrededor, sin entender.
—¡¿Habéis visto su careto?! — exclamó Snorri, otro del grupillo, señalándome con su dedo sucio—. ¡Al deficiente se le cae la baba escuchando el loot de Haakon!
Una risa fuerte y divertida resonó por toda la cueva. Me señalaban con sus dedos. Haciendo muecas que, al parecer, imitaban mi aspecto que creían que tenía.
Incapaz de aguantar, me giré y me eché a correr hacia la salida. Bueno, o eso me pareció a mí. Lo correcto sería de decir que me eché a correr como una tortuga. Aunque la tortuga habría sido más rápida que yo. Mi “épico” escape causó otra explosión de carcajadas. Hasta se unieron el mocoso Snorri y el obeso Tomás.
No recordaba cómo llegué a casa. Solo recordaba que lloré toda la noche. Quería desaparecer de la faz de la tierra por el resentimiento y la humillación que sentía. Pero sobre todo me odiaba a mí mismo por la retirada tan vergonzosa.
Ese mismo día, ya a la madrugada y antes de perderme en un sueño inquieto, me prometí a mí mismo que nunca jamás le daría la espalda al enemigo.

Presente.

¿Eric Bergman?
El hombre viejo, delgado como un árbol decadente, miraba medio ciego al trozo de papel arrugado. Una cabeza pequeña y calva, hombros estrechos y huesudos, espalda demasiada encorvada. Solo de nivel nueve. Qué curioso, ¿a qué se habría dedicado toda su vida? ¿O era como yo, un inacabado? Lo dudaba. Ya no existían así. Al menos eso decía Dalia.
—Sí, soy yo.
El viejo al fin se apartó del papel y observó fijamente las palabras bajo mi cabeza.
—Pero ¿qué…?
Los ojos descoloridos y llorosos del abuelo se abrieron como platos. Incluso parpadeó varias veces.
—Me dijo la vieja que no bebiera de ese vino barato —carraspeó, furioso—. Ahora alucino con ceros.
El movedor que pasó de lado se rio con fuerza.
—¿Qué, Burdoc? ¿Pillándote al fin una borrachera?
—¿De qué te ríes, gandul? Ahora tendré que pagarme un curandero.
—Esto pasa por meterte a la boca cualquier porquería. Así aprendes —continuó riéndose el movedor.
Burdoc escupió enfadado y de nuevo miró fijamente a mi nivel con mala cara.
Decidí apiadarme del viejo.
—Señor Burdoc, no se preocupe. No se ha equivocado. Soy realmente nulo.
Creía que tranquilizaría al pobre. ¡Pero qué equivocado estaba! El abuelo se asustó aún más.
—Pero ¿cómo es posible? ¡Oh, Gran Sistema! —se lamentó él, tocándose la cabeza—. ¡¿Qué le diré al señor Bardan?! ¡Me despellejará vivo por este deficiente!
—Pero ¿qué pintas tú aquí, viejo tonto? —decidió intervenir el jefe de los movedores—. Bardan hizo un trato con el banco. Compró los certificados de peonaje. Y si no vio a quien compró, es su problema y no el tuyo, viejo.
—¡Es verdad! —se animó el anciano, sacudiéndose las manos —. Si lo que tengo que hacer es muy simple. Mi trabajo es solamente entregar lo que está en la lista.
—Pues ya está —sonrió Dregger—. Y te ibas a montar un entierro.
—Gracias a usted, amable señor, que me ha tranquilizado. —Burdoc rápidamente se inclinó hacia el jefe de los trabajadores y se giró hacia mí—. Y tú, chico, súbete al carro. Que tenemos que ir a por más peones.
Era por la tarde cuando llegamos al sitio. Aguanté bien el viaje, para mi sorpresa. Enterré mi cabeza en una pila de heno que olía bien y me quedé dormido durante todo el camino. Abría los ojos solo cuando Burdoc se paraba para recoger a nuevos peones. Era difícil dormirse con el sollozo desgarrador de mujeres y niños. Una familia despidiéndose y enviando a uno de los suyos al peonaje no era una buena escena para los débiles de corazón.
Nunca había visto algo así, pero Burdoc me explicó lo que ocurría. Era bastante hablador para ser un viejo.
—Imagina que va un hombre al banco y pide un préstamo —contaba el viejo—. ¿Qué ventaja puede tener el banco repartiendo el oro a diestro y siniestro? Eso es, ninguna. Necesita sacar beneficio, por eso es un banco. Así que le dan al hombre un poco de dinero para crecer. Eso entonces acumula interés. Si él tiene el dinero para devolvérselo a tiempo al banco, bien. Pero si no lo hace, la deuda la compra alguien como mi amo. Él siempre necesita gente… Y cuando llegue el momento, tendrás que trabajar para él hasta que devuelvas la deuda entera. Eh… Yo, como ves, aún no he tenido la oportunidad… Está bien cuando la familia tiene varones fuertes. Normalmente, los padres se los llevan al peonaje y luego ellos mismos intentan rápidamente ahorrar el dinero para traerlos de vuelta. Bueno, si son buenos padres… Hay niños que se pasan media vida trabajando para los acreedores de sus padres. Y hay otros que incluso mueren en el intento…
La última familia a la que visitamos no tenía varones. Tenían niños, pero solo cinco chicas. La más mayor aparentaba la misma edad que yo. Y era a ella a quien nos llevábamos… Se llamaba Soika, y su madre sorprendentemente no estaba llorando, pero en su mirada triste reposaba una máscara de dolor y desolación. Las hermanas pequeñas, secándose las lágrimas y los mocos, gemían miserablemente como cachorros.
Miré a la vieja casa de Soika; a su madre que abrazaba a su hija mayor con manos temblorosas; a su padre quien tenía pinta de no dejar el alcohol. Y deduje que pasaría mucho tiempo antes de que ella pudiera devolver su deuda… Si es que llegaba a hacerlo…
   La casa de Bardan era de un tamaño impresionante. Tres plantas. Paredes de granito. Todas las ventanas con verjas de hierro enormes. Eso no era una casa, era un castillo. Toda esta propiedad considerablemente grande estaba rodeada de una valla alta de piedra. En lоs portones y en la puerta de entrada había una guardia bien armada. Ese tal Bardan era rico sin fondo, al parecer.
Nuestro carro con los silenciosos peones rodó hasta el cuartel que se encontraba a una distancia de la casa del amo. Nos estaban esperando.
Dos hombres. Uno me recordaba un poco al funcionario bancario Satis. El mismo tintero en el cuello, la misma mirada cansada y juzgadora. Delgaducho. Color de cara enfermizo. Un verdadero funcionario.
El segundo era completamente lo contrario. Alto, ancho de espaldas. Las manos como palas excavadoras. Sus ojos verdes ardían de energía y fuerza.
Burdoc nos puso en fila adecuadamente junto al carro y extendió el familiar papel arrugado al “funcionario”.
—Aquí tenéis, señor administrador. Justo como pone en la lista, seis peones. Cuatro hombres, una chica y un chico.
El administrador cogió repugnantemente el papel con dos dedos y escaneó con rapidez nuestros nombres. Cuando llegó hasta mí, sus ojos se abrieron como platos.
—¡¿A quién me has traído?! —gritó él—. Estúpido viejo, ¡¿no has visto a quién te han metido los Bergman?! ¡¿Qué le voy a decir al amo?! ¡Valgard, ordena a azotar a este idiota!
En ese momento, el gigante de barba roja, que antes estaba parado indiferentemente, se balanceó hacia delante.  Burdoc, perdiendo su elocuencia, cayó de rodillas ante el administrador enojado. Pero eso le puso más y más furioso. Valgard se irguió sobre el pobre hombre. Sus anchas manos descendieron hasta los hombros huesudos del hombre que sollozaba ahora.
—¡Señor administrador! —Hasta yo di un brinco por el sonido de mi propia voz—. ¡Permítame intervenir!
¡Seguro que había sido Bug quien me había tirado de la lengua para hablar! ¡Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás!
En el patio se ahogó un silencio sofocante. Mis compañeros en la desgracia me miraron atónitos. Hasta Burdoc dejó de sollozar.
El “funcionario” entrecerró los ojos como un salvaje y gruñó:
—¡Habla! Pero recuerda que, si me has interrumpido por ninguna razón, te azotarán en lugar de ese necio. ¿Entendido?
—Si, señor administrador, soy consciente del riesgo. —Me costaba hablar sin que me temblara la voz.
—¡Continúa!
—El señor Burdoc no tiene la culpa. De hecho, ha cumplido sus órdenes correctamente.
—Entonces, ¿qué haces tú aquí y no tu padre, tu hermano o hermana mayor?
—Desgraciadamente, señor administrador, no tengo ni he tenido nunca una hermana… Mi hermano mayor murió luchando por nuestro Barón en la batalla en los Páramos. Y mis padres fallecieron hace dos días en una mina… Me he quedado solo… Así que entenderá ahora que el señor Burdoc tuvo que traer justamente a mí.
Por el rabillo de ojo, noté el interés en los ojos de Soika. De camino pude, de forma sutil, fijarme en ella. Para mi sorpresa, era de nivel cinco. Había invertido mucho en Agilidad, a juzgar por su figura flexible y sus movimientos suaves y felinos. Un mechón de pelo rojo ardiente sobresalía debajo de su pañuelo. Los ojos eran como dos esmeraldas oscuras. Las pecas de su pequeña nariz ligeramente respingona y sus mejillas pálidas no debilitaban su belleza, sino todo lo contrario…
—¿Está diciendo la verdad? —El administrador todavía estaba furioso, pero por su tono de voz deduje que la tormenta había cesado.
—Si, señor —baló el viejo—. ¡Le juro que fue así!
Al recibir aparentemente la notificación sistemática de la confirmación del juramento, el administrador cambió su ira por misericordia.
—Vale —refunfuñó al viejo—. Consigue para todos un sitio donde quedarse, mañana ya decidiré qué hacer con ellos…
Burdoc enseguida pegó un salto y llevó a todos los siervos al cuartel más alejado.
Yo también quise volverme, pero de repente escuché:
—Pero tú no te librarás tan fácilmente…
La mirada punzante de sus ojos entrecerrados se clavó en mí. Se me olvidó cómo era respirar.
—El amo se enfurecerá. El banco lo ha complicado todo y ahora nosotros tenemos que arreglarlo… Después de todo, eres totalmente inútil. ¡Con solo pensarlo! ¡Nivel cero! ¿Cómo es que sigues vivo?… ¿Y a dónde te vamos a meter?
—Ing —habló inesperadamente el gigante de barba roja—, mira cómo de flacucho es. Los exploradores de la cuadrilla de Skorx buscan a alguien así desde hace mucho.
—¿Te has vuelto loco? —replicó el administrador, alterado—. ¿Enviar a un nulo como él a una mina? ¿Para que se quede tieso a primera hora?
Tragué saliva. El corazón estaba a punto de saltar de mi pecho.
—Bueno, ¿y qué? —continuó Valgard—. Le puedes presentar una queja a Skorx diciendo que ha dañado la propiedad del amo. Y puede que incluso salgas ganando.
—¿Estás bien de la cabeza? ¡Su deuda es casi de cien oros! Skorx no tomará ese riesgo. ¡Si por esa pasta puede contratar a diez chicos como él!
—¿De quién estás hablando? —se rio el grandote—. ¿De Skorx, quien vendería a su propia madre por diez cobres? ¡Ja, ja! ¡Eso ha sido muy gracioso! Ese tacaño nunca se negaría a carne fresca si no tiene que pagar. Y ¿quién dijo que el chaval se quedará tieso el primer día? Viene de una familia minera. Es un Bergman, al fin y al cabo.
Dicho esto, Valgard me guiñó el ojo animadamente. Lo que provocó un escalofrío por mi cuerpo.
—Si, pero ¿para qué necesita chicos así? —preguntó Ing, intrigado.
—Bueno, pues para explorar túneles largos. Solo caben cuerpos así de pequeños en las madrigueras de gusanos de piedra.
—Entiendo —dijo el administrador, acariciando la barba pensativamente.  
—Piénsalo tú mismo —presionó Valgard, al ver que Ing estaba a punto de ponerse de acuerdo—. ¿Pidió chicos flacuchos? Así es. ¿Le has enviado uno? Así es. Y ya depende de Skorx lo que hará. Si lo envía a los túneles, es de su responsabilidad. Si nos lo devuelve, no pasa nada. Le meterás en algún sitio en la cocina hasta que llegue el amo. Dicen que no estará hasta dentro de dos semanas.
—Sí —coincidió Ing—. Está ocupado comprando nuevos gladiadores. El tren de mercancías del general Vestar justo llegó a la capital. Tienen un montón de prisioneros de guerra: orcos y goblins.
—Pues aún mejor me lo pones. El amo no tendrá tiempo para estar pendiente del chaval. Y tú tendrás la oportunidad perfecta para vengarte de Skorx. Después de todo, ¿no fue él quien envió al amo una queja contra ti el mes pasado?
A juzgar por la cara furiosa de Ing, las semillas cayeron al suelo fértil. Para mi desgracia, Valgard no sólo había invertido en Fuerza. Era hábil con las palabras.
—Y Skorx nunca sabrá la cantidad de la deuda del chico. El niño nos hará un juramento de que no se lo dirá —añadió el grandullón el último argumento.
Después de esas palabras, Ing me miró. Brr… Frío como el hielo.
—Bueno, ¿qué, charlatán? Parece que vas a seguir los pasos de tu querido y difunto padre.

 

Capítulo 3


Toma, corazón, come. Imagino que no habrás comido nada en todo el día.
Una anciana pequeña y delgada me extendió un bol arcilloso del que salía un olor estupendo a comida. Contuve la respiración, tragué la saliva que se sobresalía y miré el nivel del plato. Como si me leyera la mente, la anciana dijo reconfortantemente:
—No tengas miedo, corazón. Es una sopa de verduras normal y corriente. Nivel cero.
Y soltando una risita y abandonando el cuartel, añadió:
—No tenemos otra cosa.
A pesar de mi hambre salvaje, intenté coger el bol cuidadosamente.
—¡Oh, Gran Sistema, qué bien huele! —Mis ojos se pusieron en blanco.
La comida para el viaje que me preparó la señora Horst, que Random la bendiga, se había acabado por la mañana. Por suerte, Burdoc fue generoso y me dio un poco de cebolla seca y un trozo de pan duro. Yo no diría que estaba acostumbrado a comer delicias en mi dieta habitual, pero mi madre siempre intentaba saciarme, aunque si solo fuera con comida normal. Mi padre una vez me explicó en secreto que era su manera de calmar un sentimiento infundado de culpa.
Las lágrimas aparecieron de nuevo en mis ojos al recordar a mis padres. Todavía sentía que toda esta pesadilla llegaría a su fin en cualquier momento. Que en el umbral del cuartel sucio, donde me habían instalado para un tiempo, aparecería la figura de hombros anchos de mi padre. Y luego mi madre saltaría tras su espalda, me abrazaría, me apretaría contra su pecho, y después nos subiríamos al carro y regresaríamos a casa, contando alegremente el absurdo error que me había traído hasta aquí.
La comida se acabó tan rápido que parecía que realmente no me había comido nada. Con cuidado, para que no se caiga el preciado maíz, mojé el extremo del trozo de pan en lo que quedaba de la sopa. Me lo tragué todo con agua fría y me eché hacia atrás con satisfacción donde había un saco polvoriento lleno de heno. Sería mi futura cama.
—¿Y qué tal? ¿Te ha sentado bien?
Un voz silenciosa y ronca a mi derecha me separó del abrazo placentero del sueño.
Alguien se giró en el saco de al lado, a medio paso de mí.
—Supongo —respondí igual de silencioso. En el cuartel oscuro, a parte de mí, también había treinta personas más. Todos dormían. Al parecer, todo el día trabajando les había cansado mucho. No me gustaría despertarles.
—Me encanta la sopa de verduras de la tita Agatha. —Noté la satisfacción en la voz del hombre invisible—. Y no tiene nada que ver con la de la tonta de Hrika. Apuesto a que tú tuviste el doble de zanahoria y de repollo.
—No me di cuenta —respondí—. Me acabé muy rápido la sopa.
Pues lo tenías —susurró el desconocido con un tono seguro. Me pareció ver cómo asentía con la cabeza a través de la oscuridad.
—¿Y por qué me echó más a mí? —decidí preguntar, intrigado.
—¿Cómo que por qué? —preguntó la voz con indignación—. Salvaste hoy la vida de su marido.
—¿A qué te refieres? No salvé a nadie.
—¿Y Burdoc qué? ¿Crees que habría sobrevivido al castigo de hoy? El viejo apenas sobrevivió cuando le azotaron el mes pasado. Dicen que Agatha se gastó casi todos sus ahorros en un curandero. Solo para que se mejore.
Noté que mi garganta estaba seca. Con mi pequeña fuente de vida, un solo latigazo acabaría conmigo.
—Y, por cierto, hoy te han dado de comer gratis —compartió más la voz desde la oscuridad.
—¿Gratis?
—Pues claro. ¿Y tú qué te pensabas? ¿Darte de comer sin más porque a ti te de la gana? Tendrás que pagar por la comida. ¿A dónde te irás ahora?
—A la mina, donde está un tal Skorx.
—Vaya, muchacho. —Pude escuchar la compasión en la voz del hombre invisible—. Qué mala suerte… Skorx es un salvaje total. Y más su mina, que es básicamente una cloaca.
Sentí un escalofrío desagradable recorriendo por mi espalda.
—Te daré un consejo gratis, chico. Intenta mantenerte al margen. No presumas de tus cosas de valor. Ponte los ojos en la nuca. No sólo trabajan peones en la mina de Skorx. Allí hay muchos trabajadores que son criminales. Todo tipo de delincuentes y asesinos. Los túneles de la mina están también repletos de criaturas subterráneas. Te comerán de un bocado. Pero no debes tener miedo de ellos. En ese lugar olvidado por los dioses, los verdaderos monstruos son Skorx y sus ayudantes desgraciados. Sigue mi consejo y a lo mejor podrás salir con vida… Aunque la verdad, chico, no durarás mucho…
Pronunció esa última frase en voz baja, pero pude oírle. Y eso hizo latir mi corazón aún más fuerte.
—Gr-gracias —le susurré de vuelta con hipo. Pero no hubo ninguna respuesta. Al parecer, el hombre consideró cerrada la conversación y se durmió.
Pasé mucho tiempo tumbado y escuchando en la oscuridad. ¿Y si el desconocido decía otra cosa útil? Pero, desafortunadamente, estaba ya dormido.
Tras girarme varias veces en el saco y suavizar especialmente las partes duras del heno, fui capaz al fin de tranquilizarme y caer en un sueño reparador bajo los ronquidos mesurados de mis compañeros. Y algunos acontecimientos de los dos últimos días pasaron espontáneamente por mi mente…

Hace dos días. Unas horas antes de la muerte de los padres.

¡Me encantaba este día! Aunque ¿de qué estaba hablando? ¿A quién no le gustaba el día de su cumpleaños? Por lo menos yo no conocía a alguien tan tonto.
Mi estado de ánimo estupendo no se había estropeado ni por la lluvia que había desde ayer por la tarde. Me despertó el tintineo sordo de los platos de la cocina. Pasé un par de minutos tumbado en la cama, sonriendo como un idiota. Me gustaban esos sonidos. Eso significaba una cosa. Mamá estaba preparando algo rico.
Mientras escuchaba los sonidos, un olor tremendo entró a la habitación e hizo gruñir a mi estómago ruidosamente.
¡Oh, Gran Sistema! ¡Mi madre estaba cocinando mi querido y delicioso pan dulce! Este plato podría ser muy simple para algunos, pero no para mí. No había nada tan sabroso que una rebanada de pan dulce caliente y recién hecho, untada con queso fresco grasoso y con miel de ámbar por encima. Cada bocado era una explosión de dulce y ácido deleite inolvidable, seguido por un gran trago de leche aún calentita.
Este día mis padres apenas se fijaron en mí. ¡Pero todo esto era un juego! Primero pondrían caras serias como si fuera un día normal, pero luego me llenarían de regalos y felicitaciones. ¡Cómo me gustaba este día!
Hace unos días a mi madre se le escapó un secreto. Mi padre tenía preparado un regalo especial. Algo que no había tenido nunca. Desde entonces, yo ardía de impaciencia. Y cuanto más se acercaba el muy esperado día, más temblaba de ansiedad.
Tras lavarme y cepillarme los dientes, bajé al comedor. Mis padres ya estaban sentados en la mesa y hablando en voz baja.
Intentando parecer varonil como un adulto, les di los buenos días sentándome en la mesa. Parecía que había colado, pero mis manos temblorosas y traicioneras delataron mi entusiasmo.
Hace unas semanas, mi padre fue al mercado de la capital. Trajo algunas cosas necesarias como harina, miel, tejidos, un poco de joyería para mi madre. Pero también trajo un paquete pequeño que no mostró a nadie. Lo colocó en un sitio escondido y especial donde también guardaba nuestros ahorros y documentos importantes. Ni madre tenía el permiso de tocarlo. O al menos eso era lo que me decía. Siendo sincero, me lo dijo con una sonrisa retorcida. Solo un verdadero necio podía haberle creído.
Le hacía preguntas en vano a mi madre por el paquete casi todos los días, pero ella se mantenía firme. ¡Y ahora el paquete estaba al otro lado de la mesa! Y mis padres, fingiendo que no lo notaban, continuaban su conversación pacífica. A ese paso, me volvería loco en cualquier momento…
El desayuno llegó finalmente a su fin. Hasta la comida deliciosa no podía distraerme del objeto misterioso que yacía a un brazo de mí.
Después de agradecerle a mi madre por el desayuno, mi padre finalmente me miró. En su rostro se dibujó una sonrisa alegre y retorcida.
—Vale, mujer —se rio él—. Ya basta de tomarle el pelo a este tontuelo.
Y luego a mí.
—Ven aquí.
Y, con una sonrisa estúpida en la cara, me acerqué a mis padres con piernas de gelatina. Mi padre desenvolvió el paquete. Una carcasa de cuero. Un mango de hueso simple. Luego me di cuenta a lo que estaba mirando y me quedé sin aliento. ¡Una navaja! ¡Un arma! ¡Daño! ¡Si podía hacer daño, entonces podía obtener esencias de experiencia y tablas!
—¡Esta es Libélula! —Mi padre me extendió el regalo con una sonrisa, contento—. ¡Es tuyo!
—¡Feliz cumpleaños, hijo! —dijo mi madre, besándome en la frente.
Mientras respondía distraídamente a sus felicitaciones, saqué el cuchillo de la carcasa con las manos temblorosas.
—Aquí está la palanca —me dijo mi padre.
Presioné inmediatamente donde me mostraba. Una hoja de acero del largo de mi palma saltó bruscamente del mango de hueso.
—Mira —comentó mi padre—. Un poco encorvada. Como el ala de una libélula. Solo está afilada de un lado. Parece un cuchillo normal. Pero tiene la punta afilada, lo cual vale también para apuñalar.
Asombrado, le di vueltas en mis manos a mi primera herramienta que podía utilizar para trabajar. Y quizás, dependiendo de la situación, podría ser mi arma. ¡Al fin! Ni siquiera me molestaban sus ridículas cifras de nivel. ¡Estaba eufórico!
—El daño es de dos puntos, sí, pero no te preocupes —se justificó mi padre—. Esto es temporal. Cuando subas de nivel, lo hará también el daño y muy rápido. Es un ítem graduable, ¡y no es algo para tomárselo a risa! ¡Je, je! ¡Llevaba catorce años detrás de esto! No sé qué haría yo sin Dalia…
Me levanté y le di un fuerte abrazo. Y luego a mi madre…
—Gracias… Soy muy afortunado de teneros…
Mi madre, sonriendo, me besó de nuevo. Después de eso, se secó una lágrima con el borde de su delantal y se apresuró a la cocina.
—Ya has emocionado a tu madre —se rio mi padre y al instante me preguntó—: ¿Me esperarás? ¿Lo experimentamos juntos? En cuanto vuelva de las minas, iremos al bosque y probaremos tu nueva navaja. ¿Qué te parece?
—¡Claro, padre!¡Te esperaré!
—¡Estupendo! Quién sabe, a lo mejor volverás a casa con un nuevo nivel. —Mi padre estaba entusiasmado.
No sabía quién era más feliz, él o yo. Podía habérselo preguntado… Pero ni él ni mi madre jamás volvieron.
Presente.
—Toma, aquí tienes. La tita Agatha te ha preparado la comida para el viaje.
Soika estaba de pie junto al carro, en el que también había más personas que se dirigían a las Montañas Torcidas. Era allí donde estaba localizada la antigua mina de cobre del señor Bardan. No quería ser negativo, pero probablemente ese sea el fin de mi aventura.
—Gr-gracias —le dije, con hipo por los nervios y cogiendo el paquete pequeño.
Ella podría estar a la altura de Mia. Pero ambas tenían una belleza diferente. La belleza de Mia era fría como el hielo. La de Soika era como una llama. Su parecido con el fuego venía de sus largos, gruesos y rojos rizos. Ayer, cuando estábamos en el carro, se quitó el pañuelo para colocarse mejor el pelo. Me dejó aturdido. Me quedé sin aliento. ¡Qué belleza! Podía hasta oler su pelo. Un olor a hierba y a primavera.
Su mirada de ojos como esmeraldas me sacó las entrañas. ¿Qué me estaba pasando? ¡Nunca me había pasado esto!
—Cuídate allí, pequeño —dijo ella de forma protectora y se dirigió al cuartel donde estaba la cocina.
¿Pequeño? ¿Solo me veía como un pequeño? Mi mano derecha apretó con fuerza el paquete. No era rabia. No. Era más bien molestia hacia mí mismo por mi impotencia y debilidad.
De repente vi a Valgard parado cerca. Él miró de hito en hito a la figura flexible de Soika. Apareció una sonrisa lasciva en su cara de barba roja.
¿Era yo o ella se había dado cuenta de su mirada? Y no la había avergonzado ni asustado. No entendí del todo a qué jugaban esos dos, pero luego caí en la cuenta de que Soika era más mayor de lo que pensé al principio.

—Ey, chico, súbete al carro —dio la orden Burdoc—. Si nos damos prisa ahora, puede que lleguemos allí por la tarde. 


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